Antes que nada, ésto es un artículo muy personal, usen el tiempo o no, bajo su cuenta y riesgo.
1988, me acerco a mi padre que está escribiendo en su habitación, siempre me han encantado sus libretas, con anotaciones sobre cualquier circunstancia que se os pueda ocurrir. Desde las alturas de sus hijos (y por eso sé que alcancé mi altura con 13 años) hasta las plantillas olvidadas de los equipos de fútbol de su niñez. El vicio por leer y escribir, me viene también de mi madre, pero el deporte me llegó totalmente por vía paterna. A fuego:
El baloncesto es el deporte de los estudiantes (no hace falta que diga cuál era su equipo), para el fútbol vale cualquier idiota.
No hay ningún mérito en tener más dinero que los demás equipos, nunca sigas a un equipo rico, es indigno, valora por encima del miedo a perder que tienen el Madrid y el Barcelona.
Los mejores deportistas son los que rompen la norma, los que destacan por todo, desde su manera de ser, hasta su estética.
Le pregunto por aquello que ha escrito (con preciosa caligrafía) y me dice que son competiciones ficticias de baloncesto, ha elegido los nombres más elegantes, los jugadores que más le gustaron y lo ha mezclado todo. Ver aquellos nombres, aquellos partidos, llama poderosamente mi imaginación.
Más tarde en 1989, deambulo por casa buscando un hueco donde estar sólo (mi hermano y yo salimos a 4,5 metros cuadrados por cabeza) y algo con lo que entretenerme. Cojo una revista, podría haber sido Año Cero, o Muy Interesante, pero era una Gigantes. La abro y me quedo prendado de toda la estética. Las camisetas de tirantes, los colores, y esos cuadros de números y nombres. Ya por entonces me obsesionaban las clasificaciones, tengo que preguntarle a mi padre todo:
¿Qué significa Tap? ¿Qué es un tapón?
¿Quienes son españoles de ésta lista? ¿Quién es el mejor jugador?

Veo las fotos y comienzo a imaginarme cómo se juega. De vez en cuando veo algún partido y empiezo a darme cuenta de que cada jugador tiene una manera personal de hacer las cosas, de botar, de tirar… Me quedo con cada detalle, desde la orientación de los pies, a la posición de los codos, incluso la manera de caminar o los gestos.
1990, tarde de colegio, se han ido ya muchos de los compañeros de una clase numerosa en chicos, y ésta vez no habrá fútbol. Pero hay por el patio un balón de baloncesto, la pequeñísima cancha de mini-basket está reservada a los mayores, de modo que Borja uno de mis mejores amigos, otro que ha llegado a Santander desde el pueblo, me ofrece jugar al basket. Él ya juega al fútbol en un equipo y me marea, todo trucos que ni siquiera se me ocurren, y esas canastas a aro pasado de pura casualidad… Apenas podemos llegar al aro a 3,05 con el balón.

Más tarde llego a casa y busco la manera de seguir jugando al baloncesto, recojo un columpio de mimbre de un muñeco de mi hermana y lo mantengo en lo alto del armario colocando una chaqueta encima. Con un balón de fútbol de gomaespuma, que prácticamente cabe en mi mano, intento una y otra vez hacer un mate. Tres días después lo consigo casi sin esfuerzo, por supuesto mi hermana no está para nada de acuerdo en que deje sin columpio a ese muñeco de peluca (que no pelo) azul que huele a anís.
1991, las revistas de mi padre son prácticamente mías, no he seguido su camino y me he decantado por el Joventut de Badalona, algunas revistas son de cuando era Ron Negrita y otras de RAM. La clave: sus colores, que combinan los dos que fueron favoritos en mi infancia, el verde y el negro; y Villacampa, me gusta el apellido y en aquel primer contacto era el máximo anotador español. Tengo mi propia libreta, mi desastre de caligrafía, y mis anotaciones sobre los partidos que disputo al salir el colegio. Da igual si somos 2 o 7, siempre intento salirme con la mía y jugar cuando los de 7º u 8º nos dejan las canastas. Puntos, rebotes, asistencias, robos y tapones, llevo de memoria el marcador total y mis números.
Más tarde en 1991, he progresado tanto que los chicos de 8º me dejan jugar con ellos pese a ser 2 o 3 años menor; les tengo tanto respeto que ni siquiera hablo, pero no doy una defensa por insuperable. Juego a veces solo, imitando cada jugador al que he visto en la TV, soñando despierto con llegar a ser Barkley, Olajuwon, Villacampa o Kevin Johnson.
El olor de la goma del balón en las manos, los papeles bajo las plantillas para evitar que la humedad suba por unas suelas rotas hace tiempo, el balón del Joventut de Íñigo, el compañero gitano que se compró las únicas «Mutombo» que vimos en Santander, y mis Yokono (que tenían cámara… cuando se rompieron, al saltar, la «cámara» que era un plástico agujereado naranja, salía despedida por el talón), amontonar los bloques de hormigón que hacían de contrapeso de las canastas para usarlos para saltar más alto, imitar cada jugada bonita que habías visto en el NBA Action… Las tarjetas de Upper Deck que me compraba mi padre cuando volvía de trabajar fuera de casa, cenar durante un tiempo muerto para no perderme nada y no desobedecer a mi madre, los calcetines enroscados en el tobillo para que no se resbalen hacia la punta del pie, las canastas con cajas de galletas, y los equipos imaginarios llevando la ocurrencia de mi padre mucho más allá. El parche de la NBA en la rodilla derecha de mi chándal de Tactel, la mochila naranja de los Charlotte Hornets, chocar contra la litera para conseguir canasta y personal…

Y por el camino van llegando los iconos. Revista a revista me quedo con las frases casi de memoria: «Tony Campbell de gallito por Oregon» «Karl Malone firmó 38 puntazos de su puño y letra» «Lotería y … Sharunas» Amontono revistas de Superbasket, Gigantes, Don Basket, FIBA Basket, NBA Oficial… Me quedo con cualquier información, busco los equipos internacionales en el Atlas: Pezoporicos Larnaca, Commodore Den-Helder, Ampelokipi, Universitatea de Cluj, Honved de Budapest, Broceni Riga, OKK Belgrado, Etzella warken…
Y voy sumando favoritos, algunos de los cuáles son jugadores a los que nunca llegaré a ver en acción: Judith Balogh, Hauptman, Hufnagel, Ray Smith, Zoran Radulovic, Bill Varner, Wendell Alexis, Teoman Alibegovic… Muchos porque quizá realizaron algún gran partido en aquellas revistas a las que tenía acceso. Pero habrá otros que llegarán por derecho propio, ganándose el hueco en mi mente en base a sus actuaciones delante de mis propios ojos, y no a través de mi imaginación. Pero esa es otra historia….
La sensación de estar explorando, descubriendo algo nuevo, diferente, que te saca de lo que hacen los demás, un conocimiento destinado a unos pocos. Un camino propio, una elección cuando toda tu vida depende de los demás. Un encuentro con una propia identidad a medio hacer.























