Corría el año 1986 cuando bajo una lluvia de proporciones bíblicas sobre el norte de Francia, Sean Kelly se imponía para adjudicarse su segundo adoquín en Roubaix (ya había vencido dos años antes). En ese mágico año de 1986, el magnífico corredor irlandés ya se había impuesto en la ‘Classicissima’, la Milan-Sanremo, y cerraba un doblete Sanremo-Roubaix que solo un corredor había conseguido en la historia (Van Hauwaert en 1908). Una hazaña que ni el Caníbal Merckx fue quién de conseguir. En ese año de 1986, el protagonista del día de hoy, John Degenkolb (Giant-Alpecin) aún no había nacido. Hemos tenido que esperar casi 30 años para ser testigos de una proeza de este calibre.
A lo largo de la semana, el potente corredor alemán no había ocultado el deseo de igualar los logros de su ídolo (el propio Sean Kelly), venciendo en estos dos Monumentos del ciclismo en una misma temporada. En la edición del 2014 ya destacó en la prueba, imponiéndose en el sprint del grupo para firmar un digno 2º puesto detrás del vencedor, el holandés Niki Terpstra (Etixx-Quick Step). Este año, con la ausencia de los dos mitos del pavé, Tom Boonen (Etixx-Quick Step) y Fabian Cancellara (Trek Factory Racing), sus posibilidades aumentaban, y bien consciente de ello, no desaprovechó la oportunidad.
Bien es cierto que la ausencia de los dos grandes dominadores de la prueba (Tom Boonen se ha impuesto en 4 veces, Cancellara en 3) no solo favorecía al propio Degenkolb. Un gran abanico de ‘outsiders’ florecía: el más destacado, el noruego Alexander Kristoff (Katusha), vencedor el domingo pasado en Ronde, entresemana en la Scheldeprijs, sumando además tres etapas más la general en la Panne y haciendo un digno segundo puesto en el sprint en Via Roma, por detrás del protagonista del día de hoy. Además, Sep Vanmarcke (Lotto-Jumbo) tras su desastre en Flandes buscaba resarcirse, Greg Van Avermaet (BMC) quería demostrar que de verdad tiene una prueba de este calibre en sus piernas, Terpstra (Etixx-Quick Step) que su victoria del año pasado no había sido casualidad y Sagan (Tinkoff-Saxo) que podía dar el paso adelante bajo la presión del patrón ruso. A estos nombres se sumaban otros como Stybar (Etixx-Quick Step) que venía de vencer en Strade Bianche, Boom (Astana) vencedor en la durísima etapa sobre adoquines del Tour 2014 o Bradley Wiggins (Sky), en su última prueba en ruta, puesto que a partir de ahora centrará sus objetivos en la pista para los JJOO de Río 2016.
Quizás debido a la ausencia de un favorito claro, al gran ritmo llevado durante todo el día (media de 43’5 km/h cuando las mejores previsiones estipulaban una media de 42), o al viento de cara en numerosos sectores del trazado, la selección fue puramente natural. Por fuerzas. El que podía aguantar, aguantaba. El que no, se quedaba. Pura eliminación. Etixx-Quick Step era el equipo a batir, y fue batido.
Habían pasado 30 km rodando a gran velocidad cuando se formó la fuga del día. Se trataba de un grupo de nueve con Gougeard (ALM), Saramotins (IAM), Matzka (BOA), DeClercq (TSV), Rast (TFR), De Bie (LTS), Backaert (WGG), Perichon (BSE) y Blythe (OGE). La diferencia de este grupo pronto ascendió a los 10 minutos. Hicieron camino en el llano antes de los primeros tramos adoquinados.
Llegado el primer tramo importante del día, un tramo mítico catalogado de 5 estrellas, en el Bosque de Arenberg, el pelotón demasiado numeroso transitó nervioso debido a la gran cantidad de público y al fuerte viento de cara. Los favoritos trataban de evitar caídas o averías. Es un tramo situado a 100 km de meta: la carrera no se va a ganar, pero sí se puede perder.
Que se lo digan a Geraint Thomas (Sky), que venía de hacer una magnífica temporada de piedras, imponiéndose en una clásica de prestigio como la E3-Harelbeke, y que vio como sus opciones en esta prueba quedaban descartadas con una serie de caídas en una zona aparentemente tranquila. Wiggins se quedaba sin su principal gregario para el día de hoy. Algunos le dieron por muerto. Pasó anónimo. De nuevo le sonrió la suerte, viendo como una barrera de tren se cerraba. Rodaba cortado en ese instante y la imprudencia, por no llamarlo de otra manera, de algunos corredores, obligaba al jurado a tomar una decisión. Luces rojas encendidas. Ding, ding, ding, campaneando y claramente audible. La barrera que comenzaba a bajar. Un gendarme que, desde su moto, hacía clarísimos aspavientos para detener a los corredores. Y unos ciclistas, inconscientes –imperdonable la actitud pese a las típicas y manidas excusas de la concentración de la carrera– que se saltaban todas esas señales. Alguno, incluso, golpeó la barrera –que no al revés– con la cabeza. La barrera estaba completamente bajada y algunos seguían cruzando las vías sólo segundos antes de que un TGV [el AVE francés] estuviese a punto de causar una desgracia. Pasó a poca velocidad por fortuna.
Wiggins y otros corredores rodaban en ese momento algo cortados. Nada del otro mundo, pero la decisión del jurado de mandar parar a los corredores que se habían saltado el paso a nivel, les benefició. Hubo reagrupamiento por detrás y la cosa comenzó de nuevo.
Llegó el siguiente tramo de 5 estrellas, Mons-en-Pevelé, donde la carrera parecía estática. Sin ningún ataque claro. Sin ningún movimiento para alzar los brazos en el Velódromo André Petrieux, final característico de esta prueba. Aparentemente sin pena ni gloria llegamos al Carrefour de l’Arbre, donde Niki Terpstra, presa del pánico, puso un ritmo infernal para tratar de dejar de rueda a los potenciales rivales (véase Kristoff o Degenkolb) que lo vapulearían al sprint. El noruego, siempre a la contra, no pudo responder de primeras; sí lo hizo el alemán, demostrando que era el rival a batir.
Se formó un interesante grupo en cabeza de carrera, de donde saltaron Van Avermaet (BMC) e Yves Lampaert (Etixx-Quick Step), un desconocido que había movido el árbol a 80 km de meta, un mero desconocido, ciclista de medio pelo, que no debería estar en una prueba tan prestigiosa tan adelante a tan poco de meta. Demostró que tiene una Paris-Roubaix en sus piernas, y que es bastante más inteligente que su coequipier Terpstra. Atrás, parón. Saltó Bert De Backer (Giant-Alpecin), que trató de ayudar la cabalgada en solitario de un Degenkolb que salió como un caballo desbocado a por el dueto de cabeza. Fue una magnífica persecución, el preludio de lo que estaba por venir.
A 5 km de meta, saltó Stybar, quien contactó con los tres de cabeza en la entrada del último sector del día, el Sector 1 (se enumeran en sentido inverso), mero homenaje a los adoquines en la ciudad de Roubaix. A poco de entrar al Velódromo, el campeón suizo Elmiger (IAM), Boom (Astana) y Keukeleire (Orica) contactaban con el grupo cabecero. La victoria se la iban a jugar 7 hombres, hecho insólito en una prueba de tal dureza. Estos iban a ser simplemente testigos de un sprint devastador. Había soñado con una carrera así. Se había preparado a conciencia, sabía que era favorito, y no defraudó. ‘Es un sueño’, decía al concluir la prueba. Y hay veces que los sueños sí se hacen realidad. Danke, John.



























2 Comentarios
Manuel
Brillante artículo
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