Después de todo el terremoto sucedido en Can Barça tras la debacle en la Supercopa cayendo de una manera desastrosa contra el Atlético de Madrid y el posterior cese de Ernesto Valverde; el Barcelona recibía al Granada en el Camp Nou con Quique Setién a los mandos.
No hubo grandes cambios en el once culé, pocas opciones tenía el nuevo técnico con la enfermería llena y De Jong sancionado. Lo que sí que estaba dispuesto a cambiar el cántabro es la dinámica y el juego del equipo.
El Granada se animaba de vez en cuando a ir a la presión y los jugadores locales tenían la consigna de aceptar el reto e intentar salir con el balón controlado. Cuando lo conseguían se encontraban con un equipo que replegaba muy bien y a pesar de hacer algunas transiciones rápidas, no conseguían desarticular el entramado defensivo de los hombres de Diego Martínez Penas.
El parido se fue al descanso con más de 80% de posesión para el equipo azulgrana, una posesión labrada a base de mover el balón y de presionar como antaño cuando lo perdían. A pesar de que el balón le duraba poco al Granada, sin balón se convirtió en un equipo rocoso que no dejaba huecos.
En la segunda mitad todo parecía igual, tanto fue así que hasta la rigurosa expulsión a Germán por doble cartulina amarilla cuando quedaban 20 minutos de partido, no había nada decidido aún. El Barcelona dominaba y el Granada aguantaba como podía.
Quique Setién dio entrada al joven Riqui Puig, un futbolista que nunca gozó de la confianza de su antiguo entrenador y que hoy, al poco tiempo de entrar al terreno de juego robó un balón que, tras pasar por los pies de Busquets, Griezmann, y una maravillosa dejada de Arturo Vidal, sirvió a Messi para romper la igualada en el marcador.
El nuevo entrenador que promete traer de nuevo la filosofía de Cruyff al Camp Nou ilusiona a los espectadores. Le falta mucho trabajo por hacer como él mismo ha reconocido después del partido en rueda de prensa, pero parece que la era Setién ha comenzado.


























