El esloveno del Jumbo-Visma revalida el título obtenido en la ronda española en 2019 y completa una temporada espectacular
Ha terminado la temporada ciclista de 2020. En Madrid. El 8 de noviembre. Como estaba previsto. Si a muchos nos hubieran dicho esto cuando la UCI anunció la reestructuración del calendario posiblemente habríamos recibido la noticia con cierta incredulidad. Pero, amigos, lo hemos conseguido.
El final, además, nos ha traído recuerdos de imágenes prepandémicas: Primoz Roglic vestido con la roja en la plaza de Cibeles, en lo más alto del podio de la Vuelta ciclista a España. ¿Se acuerdan de cómo era todo cuando todo era normal? ¿Se acuerdan ya acaso de lo que es la normalidad? Sea como fuere, la imagen del esloveno con la mascarilla puesta y la escasez de público en torno al podio nos impedían desconectar al completo de la coyuntura en la que nos encontramos como sí lo ha logrado la carrera durante estas tres semanas y el ciclismo en general desde que regresó a finales de julio.
Otra diferencia importante respecto a su primera victoria en la Vuelta el año pasado es la enorme sonrisa que, incluso debajo del bozal, se le notaba a Roglic. El esloveno no deja de sumar títulos, pero la debacle en el pasado Tour de Francia, en el último momento, quizá haya marcado un antes y un después en su forma de afrontar las carreras. Con la deportividad con que se tomó su nada desdeñable segundo puesto en el Tour y la tenacidad demostrada en todas las citas de la temporada —señoras y señores, ganar un monumento como Lieja no es ganar una pachanguita en el pueblo— todo apuntaba a que no iba a venir precisamente de paseo a España. Y no podemos decir que no se lo haya pasado bien en las 18 etapas (¿alguien se ha acordado de las tres etapas holandesas que tuvieron que ser canceladas?) mientras, a golpe de victoria y de bonificación, iba afianzándose como el gran candidato a revalidar el título de campeón de la Vuelta.
Disparando en el blanco

Llegar y mojar. El vigente campeón aprovechó la circunstancia de que la primera etapa acababa en el alto de Arrate, un final muy favorecedor para él, y se llevó el primer triunfo parcial mientras recuperaba el jersey rojo que nadie se había puesto aún desde que él mismo se lo adjudicó de forma definitiva el pasado mes de septiembre de 2019.
Roglic evoluciona como ciclista, aprendiendo de sus errores y aumentando su ambición y constancia. Se ha mostrado aplicado y combativo —o estratega— todas las jornadas, atento a los cortes y hambriento de cualquier segundo que pudiera picar en las bonificaciones o en los finales de etapa de cualquier estilo. Ha llegado a disputar esprints, haciendo honor a la clasificación de los puntos que ha liderado desde el primer día, como él mismo ha bromeado en alguna entrevista. No en vano ha terminado la carrera con cuatro triunfos de etapa.
Pero cada ciclista tiene sus puntos fuertes y débiles. El gran rival del esloveno durante esta Vuelta a España ha sido ni más ni menos que Richard Carapaz, un viejo conocido al que ya se midió —con victoria para el ecuatoriano— en el Giro 2019. Dos perfiles completamente diferentes, aunque ambos de mucho nivel: uno de finales cortos y explosivos y mejor contrarrelojista; el otro, escalador de fondo. Uno europeo, el otro americano. Uno más tímido e introvertido, el otro dicharachero y apasionado.

El maillot de líder fue pasando del uno al otro durante las diferentes etapas al tiempo que veíamos el duelo entre ambos ciclistas. Si Carapaz aventajaba a Roglic en las grandes citas de montaña (Formigal, Angliru), este recuperaba el tiempo en la contrarreloj o ganando de múltiples maneras. Especialmente entretenida fue la inédita ascensión al alto de Moncalvillo (un puerto de primera de La Rioja) por el fragor de la batalla entre ambos oponentes, donde levantó los brazos Primoz a pesar de que en la montaña estaba unos pasos por detrás de Richard.
No todo fue la batalla por la general, por supuesto. Los preciosos paisajes otoñales de la Vuelta —deberíamos recoger firmas para que se celebre en octubre todos los años— eran el escenario ideal para ver rodar peleadas fugas. Unas fugas en las que una y otra vez aparecía el nombre de Guillaume Martin. En total, siete escapadas y otros tantos intentos para el filósofo francés que ha recuperado la tradición del equipo Cofidis de disputar —y ganar, pues no tuvo rival— la clasificación de la montaña. No contento con eso, el simpático y perseverante corredor buscó la victoria de etapa (que se le resistió) e incluso se ha atrevido a conceder entrevistas en castellano.
La paleta de colores de la foresta del norte peninsular incluía amarillos, naranjas, ocres… pero el verde de los esprints se dejó ver poco. Con la palma de una mano podemos contar las oportunidades que los velocistas tuvieron para brillar, con un resultado bastante parejo. Dificil determinar si fue Sam Bennett o Pascal Ackermann (el único que a la postre repitió victoria y además subió al podio en Cibeles) el mejor esprínter de la carrera.
La etapa de la Covatilla, final de la temporada con permiso del epílogo del domingo camino de Madrid, fue el escenario donde se vivieron los momentos más emocionantes y tensos de la carrera. Carapaz, sin ningún compañero de su equipo INEOS que lo arropara —cómo hemos cambiado, que diría Sole Giménez— se decidió a 3 km de meta y realizó una espectacular arrancada agarrado desde abajo —en un claro homenaje al landismo— que Roglic no fue capaz de seguir. Las diferencias en la general rondaban los 40 segundos y esta podría haber dado un vuelco de no ser por el poco terreno (tres kilómetros no son suficientes para marcar grandes diferencias a menos que llegue el Tío del Mazo) y por alguna cuestionable ayuda especial por parte del equipo Movistar que aún no sabemos si llegó a producirse intencionadamente y en qué circunstancias. Corramos un tupido velo.
Primoz Roglic es un corredor reservado, no descubrimos América al afirmar esto. Pero ello no significa que no valore sus éxitos o que no se alegre de los mismos. Lo aclaramos porque el pasado año más de uno y de dos medios, periodistas y aficionados criticaron al recién proclamado ganador de la Vuelta por ser parco en palabras y poco efusivo en sus celebraciones. Este año imaginamos que se habrán quedado aliviados al ver al exsaltador de esquí más resuelto, animado e incluso bromista, y por supuesto, con una sonrisa de oreja a oreja después de asegurar su victoria en la ronda española.
Una sonrisa amplia, como la temporada de Roglic, siempre peleando en lo más alto, pero con algún importante tropiezo que no ha hecho sino motivar al esloveno a ampliar otro año su reinado en España. Honor a él. Nos vemos en 2021.
























