La última grande del año es, una vez más, el escenario de redención de ciclistas y equipos que no han tenido una buena temporada
Pocas cosas han permanecido como de costumbre en la pandémica temporada ciclista de 2020. Clásicas de primavera en agosto y octubre, Sagan sin correrlas, INEOS (antiguo Sky) incapaz de disputar la clasificación general del Tour y carreteras desiertas de público en lugares siempre abarrotados como Flandes son solo algunos de los numerosos ejemplos que podríamos poner.
La reorganización del calendario tras el confinamiento por el avance del coronavirus obligó al Giro d’Italia y la Vuelta a España a solaparse en pleno otoño. La participación y el espectáculo competitivo del primero se han visto considerablemente mermados a pesar de lo atractivo de su recorrido. Sin embargo, en el caso de la ronda española, con unas etapas mucho menos interesantes y con más carencias sobre el papel, han acudido corredores tan relevantes en el panorama actual como Primoz Roglic —que, además, defiende el título— y, sobre todo, con mucho hambre de victorias.
La dirección de la Vuelta no suele tener reparo en colocar puertos y finales en alto —por encima de sus posibilidades— desde bien temprano, pero este año, con la supresión de las etapas más llanas y tranquilas en Holanda, la montaña ha llegado nada más darse el pistoletazo de salida. Por eso ya hemos tenido la oportunidad de ver cómo andan de fuerzas y de motivación los grandes favoritos.
Aquí es donde entra en juego el rol que ha adoptado en las últimas décadas la Vuelta ciclista a España, un rol al que en los últimos años le está sabiendo sacar bastante partido. Su emplazamiento al final de la temporada (algo que no ha variado este año) propicia que aquellos equipos y corredores que no han cumplido sus objetivos durante la temporada por mala suerte, lesiones, mal rendimiento o cualquier otro motivo lleguen a la Vuelta con ganas de redimirse, de sacarse la espinita. No a todos les funciona, por supuesto, pero ello supone una gran competitividad y que las diferentes escuadras no escatimen en zarandear el árbol y mover la carrera, viéndose a ciclistas que en otras pruebas han sido más conservadores que Donald Trump envalentonarse y lanzarse sin tantas reticencias.
Campeones al ataque y equipos resucitados

Para prueba de ello, que Primoz Roglic se haya enfundado el jersey rojo de líder en la primera etapa. Aunque su pancartero a la vez que certero ataque no llegó hasta el último kilómetro —no se puede pedir más a una etapa con final en alto de esas que tanto les gustan a los organizadores—, el esloveno tenía claras sus intenciones en una subida en la que ya quedaron descartados de la general más de uno y dos corredores. Un Roglic que, lejos de sumirse en la miseria después de perder el Tour casi en el descuento (tendrá que superar lo de Belles Filles en la cronoescalada del mirador de Ézaro), peleó el Mundial, ganó Lieja y ahora quiere volver a ganar la Vuelta sin caer en los errores cometidos en el pasado, no perdonando ni un segundo de bonificación.
La Vuelta es esa oportunidad para no tropezar varias veces con la misma piedra. Para salvar la temporada y recuperar la motivación a la hora de preparar la próxima. Ya le ocurrió al propio Primoz el año pasado, después de un tercer puesto en el Giro que sabía a poco al haber partido como máximo favorito, y también a Simon Yates en 2018 después de la pesadilla de Finestre, e incluso a Richard Carapaz en esta edición, aferrándose a las últimas opciones del equipo INEOS de pelear una gran vuelta en 2020. Pero quizá el caso paradigmático lo hayamos visto este martes con el equipo Movistar, una escuadra a la que la pandemia ha pillado en pleno año de transición. Con un nulo acierto que ni Valverde ha podido maquillar, el conjunto ha estado prácticamente desaparecido durante toda la temporada. Su única victoria en 2020 tuvo lugar el 1 de febrero en la Challenge de Mallorca.
Es bien sabido que la Vuelta a España es la carrera más emblemática del equipo telefónico y su gran objetivo durante la temporada (junto con el asalto fallido de cada año al Tour). Se ve que los de Unzué lo tienen perfectamente asumido, porque en esta segunda etapa —por tierras navarras, por cierto— asumieron el liderazgo del pelotón, tirando con fuerza y provocando el corte del mismo en múltiples grupos. Un Movistar que no se andaba con chiquitas y que puso la carrera patas arriba muy lejos de meta. Aunque con el gran desempeño de Enric Mas el día anterior parecía lógica la apuesta, muy aplaudida por toda la afición, la escuadra azul conservaba también a Alejandro Valverde y Marc Soler entre los hombres de cabeza, siendo este último —quien obtuvo el único triunfo del equipo en 2020— el que se lanzó hacia la victoria de etapa en el descenso del puerto de primera de San Miguel de Aralar, a 12 km de una línea de meta en la que entró solo. Merecido premio al esfuerzo para un equipo que viene a disputarlo todo.
Solo han hecho falta dos etapas para que se muestre a través de todos sus protagonistas el mayor potencial de la Vuelta: el de devolver la ambición competitiva, la ilusión y la valentía en la carretera a aquellos que han pasado por baches a lo largo de la temporada. Algunos la considerarán un premio de consolación; otros, una forma de reinventarse y regresar a la senda de la victoria. Ese es el don de la Vuelta.
























