Alfombra roja hasta Wembley para un imperial Bayern Múnich
Soberano repaso táctico de Heynckes a Vilanova en las semifinales
Los culés, resignados ante el siete encajado ante los alemanes
La crónica de Alejandro Rozada (@alexrozada)
Qué manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de palmar. Por fin, el himno del Fútbol Club Barcelona tiene letra en castellano. No es necesario contratar por horas a cantantes como Serrat, Beth o Peret. Con aprovechar las frases del himno del Atlético de Madrid de Sabina, es suficiente. Para el videoclip, basta con incluir los goles encajados ante el Bayern Múnich en estas semifinales de la Liga de Campeones. Soberano repaso del equipo de Jupp Heynckes a un Barça impotente al que le encajaron un 7 en el global de la eliminatoria. Cuatro goles en el Allianz Arena y tres en el Camp Nou: un total de siete a cero en dos partidos volcados claramente del lado alemán. Lo que más escuece de esta derrota es la frustración e impotencia que se siente después de pasar por debajo de una apisonadora. Qué manera de perder. Un mazazo en toda regla para los sufridos barcelonistas.
Bienaventurados los culés que creyeron en la remontada porque de ellos será el reino del barcelonismo. O al menos, debería serlo. Bendita ingenuidad, bendito optimismo. Por aficionados como ellos tiene sentido la religión culé. Van sobrados de espíritu y de capacidad de sufrimiento, una meritoria forma de vida que les hizo ilusionarse y soñar con una remontada imposible. Pero el gran mérito lo tienen los devotos que acudieron fieles al Camp Nou, esa catedral donde se profesa la doctrina barcelonista, aferrados a una reacción inverosímil. Porque solo con ver las alineaciones del partido y la presencia en el banquillo de su Mesías de cabecera, se preveía que la vuelta contra el Bayern iba a ser un entrenamiento con público para los de Heynckes. Un duro, y caro (el precio de las entradas oscilaba entre los 90 y los 360 euros), trance para los culés, y una faena de aliño para los alemanes que disfrutaron de un trámite de lujo antes de afrontar la madre de todas las batallas contra el Borussia Dortmund en Wembley. Los clásicos han tomado el vuelo y ahora también hablan en alemán.
Sin goles hasta el segundo tiempo
El Barcelona comenzó bullicioso. con Villa, Pedro y Fábregas repartiéndose el protagonismo ofensivo ante la ausencia de un Messi que ha llegado reventado al tramo decisivo de la temporada. El argentino se tuvo que conformar con seguir el partido desde el banquillo, confiando en un milagro para salir en los últimos minutos cual Cid Campeador al verde del Camp Nou. No fue necesario apelar a la épica porque desde bien temprano se comprobó que corren malos tiempos para la lírica en Can Barça.
Desde los primeros minutos, el Bayern tuvo muy controlado el partido e incluso pudo machacar en algún contragolpe gracias a esas flechas llamadas Arjen Robben y Franck Ribéry. Aún así, fue el Barça el equipo que dominó el juego y que creó más peligro. Con un disparo desde lejos, Pedro obligó a Neuer a lucirse; Xavi la engatilló a quemarropa pero su remate se marchó alto, y el guardameta alemán se tuvo que volver a esforzar para evitar la opción de tiro de Cesc. Otra vez muy impetuoso, pero excesivamente lento de ideas un Fábregas que no termina de encontrar su sitio en este Barça.
Un Bayern sin piedad
El empate a cero con el que se llegó al descanso, frenó las ilusiones que pudieran albergar los culés más optimistas. Pero por si reservaran alguna remota esperanza de emular el épico arrebato del Real Madrid ante el Borussia Dortmund, un ex madridista como Robben se encargó de disipar cualquier ilusión. El holandés acunó el balón en la frontal, bailó a Adriano y soltó una rosca endiablada que se coló por la escuadra derecha de Valdés. Golazo de un futbolista que, al fin, parece decidido a ganar la Copa de Europa, esa conquista que tanto se le resiste. Aquí comenzó el desagüe de las esperanzas culés.
El primer gol fue el toque de corneta que marcó el comienzo de la tortura para el Barcelona. Las balas que el Bayern luce en sus bandas, Robben y Ribéry, enloquecieron a los laterales barcelonistas y causaban estragos en cada contra. Entre ambos casi marcan el segundo de la noche pocos minutos después del primero. El Barça no sabía ni qué hacer. Si irse al ataque a la desesperada para lograr un gol inútil, tocar y tocar el balón para pasar los minutos de la manera menos dañina o ponerse a cubierto para evitar que el resultado fuese todavía más duro. Eligieron la vía menos ortodoxa, es decir ninguna, y así encajaron el segundo tanto, todo un despropósito. Ribéry la puso mansa desde la izquierda y, como si fuera Mandzukic, apareció Piqué para marcar en su propia portería. Lo que le faltaba a este Sansón barcelonista, que parece haber perdido poderes desde que se rapó la cabeza. No son buenos tiempos para experimentar. Si eres futbolista y juegas en el Barça, menos.
Despiadado e insaciable, el Bayern no se conformaba con la ventaja de dos goles. Querían hacer más sangre barcelonista al tiempo que lucían sus encantos futbolísticos ante todo el mundo del fútbol. Estos jugadores se sienten los primos de Zumosol del fútbol europeo y no admiten ni el más mínimo cuestionamiento. Da igual que salga un perro de presa de la talla de Javi Martínez para dar entrada a Tymoshchuk, la intensidad es la misma. Así, llegó el tercero de la noche. Nuevamente apareció Ribéry por la izquierda, centró y surgió la cabeza de Müller en el segundo palo para dictar sentencia.
Qué manera de vivir
Severo correctivo para un equipo que se aferra a la frescura de jóvenes como Thiago, de lo mejorcito que se vio anoche en el Estadi, para lamer sus heridas, venirse arriba y recuperar la grandeza desaparecida. Un infierno para un Barcelona que vive en una depresión que calmará temporalmente el título de Liga y que debería curar al final del curso. Porque ha sido una temporada muy dura para este equipo, a pesar de que la victoria en el campeonato doméstico añada un ligero toque de laurel. La enfermedad de Tito y Abidal, los tropiezos contra el Madrid de Mourinho, la excesiva dependencia de Messi, el bajón de Xavi y los problemas defensivos, han condicionado de una forma desgraciadamente decisiva el primer año post Guardiola.
Se ha acabado la aventura europea para los equipos españoles. Y bastante lejos ha llegado, cierto es. Ahora toca reconocer el momento álgido del fútbol alemán, que vivirá su clímax el próximo 25 de mayo en la final de Wembley. Bayern Múnich y Borussia Dortmund han demostrado ser los amos del balompié europeo y dirimirán entre ellos la supremacía del continente. Una cura de humildad para nuestros equipos que, esta vez sí, deberían aprender cómo se pueden hacer las cosas de una forma diferente y mejor.





























