La escuadra neerlandesa tiene el control de la ronda gala, pero no es capaz de amarrar al joven Tadej Pogacar
Una nueva etapa de montaña ha hecho temblar al pelotón del Tour de France antes de la segunda jornada de descanso. El macizo del Jura ha sido este domingo el escenario en el que los más fuertes de la carrera han vuelto a medir sus fuerzas y en el que algún que otro favorito ha dicho adiós a la pelea por el maillot amarillo.
El equipo Jumbo-Visma, relevo del hegemónico Sky/INEOS de la última década, se puso al frente de la serpiente multicolor en cuanto apareció el encadenado montañoso de la segunda mitad de la etapa e impuso el ritmo que le pareció conveniente sin mayor oposición. No dio oportunidad de éxito a los fugados (de la talla de Pierre Rolland, Michael Gogl, Jesús Herrada y Simon Geschke) y comenzó a endurecer la carrera progresivamente.
El grupo de los mejores cada vez perdía más unidades y el largo ascenso final al Grand Colombier (un puerto de categoría especial de 17,4 km y 7,1 % de desnivel medio) puso a los que quedaban contra las cuerdas. La etapa se resolvió prácticamente al esprint en las rampas finales del puerto, pero para entonces ya hacía mucho que se habían descolgado dos importantísimos nombres como Nairo Quintana (ARK) y… el vigente campeón del Tour, Egan Bernal (IGD). El primero se dejó 3 min 50 s, y el segundo, 7 min 20 s, confirmando el cambio en el trono de los equipos dominantes en el Tour.
Volviendo al reducido esprint, Jumbo había apretado tanto la carrera para su líder, Primoz Roglic, que nadie —salvo Adam Yates en un intento infructuoso— se atrevió a salir del grupo (o no pudo). Fue el propio Roglic el que, con la etapa y las bonificaciones en juego, inició su ataque por la victoria en los últimos metros, aunque raudo y veloz salió tras él su compatriota, Tadej Pogacar (UAE), con tal fuerza que cruzó la meta por delante de él, llevándose su segundo triunfo de etapa en este Tour 2020.
Un Tour bajo control… o quizá no tanto
Roglic y Jumbo, el Jumbo y Roglic, son un poco más líderes de la Grande Boucle cada día que pasa. El predominio de la escuadra amarilla y negra al frente del pelotón es evidente. Y cuando comienzan los puertos no tienen rival. Desde Wout van Aert, doble vencedor de etapa en este Tour y corredor completamente todoterreno, pasando por Robert Gesink, George Bennett o el gregario de excepción Tom Dumoulin (hay que ir con mucha confianza para sacrificar sus opciones en la general a las primeras de cambio) hasta el cumpleañero Sepp Kuss, que en el Grand Colombier llegó con los mejores hasta la misma línea de meta, tienen armado el bloque perfecto para que a Primoz Roglic no le dé el aire.
Y, en efecto, no le da. A la falta de necesidad que hasta entonces ha tenido se une el temor de sus rivales. Y así funciona el mecanismo táctico desarrollado por la escuadra para llevar de amarillo al ciclista esloveno hasta los Campos Elíseos: imponen un ritmo tan intenso que, mientras ellos siempre conservan algún gregario para arropar a su líder, el resto de corredores va cayendo uno a uno por el desgaste producido. De esta forma, Roglic puede permitirse el no atacar hasta el final e incluso rascar unos segundos más gracias a las bonificaciones de meta mientras sus rivales van fallando, unos un día, otros el siguiente, algunos descartados por completo.
El plan les está saliendo bien. Conscientes de la solidez del ganador de la Vuelta 2019 y con un equipo muy superior al que tuvo en aquel lejano Giro del mismo año (en el que se quedó solo en la montaña), en las primeras 14 etapas la estrategia del Jumbo ha ido, a priori, como la seda.
Sin embargo, hay una variable con la que no contaban: Tadej Pogacar. El debutante en el Tour, sin haber cumplido aún los 22 años, es el único corredor que, hasta la fecha, ha podido hacer frente a Roglic. El desgaste de las etapas no le pasa factura a él como al resto, hasta el punto de que es capaz de salir airoso en busca de la victoria de etapa y llevársela por delante de su compatriota.

El ciclista del Emirates se acordará mucho, sin duda, de la etapa de Lavaur, en la que los abanicos lo cortaron tanto a él como a Mikel Landa y les hicieron perder 1 min 21 s. Sin esos cortes en aquel frenético final llano Pogacar habría llegado al segundo lunes de descanso como líder del Tour de France.
Pero lejos de frustrarse tras ese impedimento ocurrido en la séptima etapa, el esloveno pasó a la ofensiva a la mínima oportunidad: el día siguiente recuperó 40 segundos en un ataque en solitario, y el domingo, en la novena etapa, obtuvo su primer triunfo en la ronda gala por delante de Roglic, Bernal y Landa en Laruns.
El gran animador del Tour —sin contar la batalla por el maillot verde, por supuesto— está a 40 segundos del maillot amarillo y ha dejado claras sus intenciones: quiere ganar el Tour. Seamos sinceros: le va a hacer falta el mismo talento y piernas que ha demostrado hasta ahora, pero también una pizca de suerte y más confianza y valentía en la carretera para atacar antes y poner en jaque la carrera planeada por el Jumbo. Para ello, la ayuda de otros outsiders interesados en subir al podio sería más que interesante. Lo que es seguro es que, si el guion de la escuadra neerlandesa sigue adelante, el único cabo suelto de su calculada estrategia es Tadej Pogacar.


























