
Adrián Anet (@adri91r) y Alejandro Rozada (@alexrozada)
Subida a una impresionante ola ganadora, España continúa con su imparable travesía por el planeta futbolístico. Anoche escribió otra página triunfadora en el estadio Castelao de Fortaleza en el brasileño estado de Ceará. Otro triunfo en semifinales. Otra tanda de penaltis superada. Otra final a la vista. El único trofeo que aún no ha levantado esta extraordinaria generación de futbolistas ya brilla en el horizonte más próximo. Otra vez se ha eliminado a Italia, una de las grandes, tetracampeona del mundo, selección a la que le hemos tomado la medida. Y de qué forma. En cinco años la hemos ganado en cuartos de final (Viena 2008), semifinales (Brasil 2013) y final (Kiev 2012). Otra final para España, la cuarta en cinco años, y una de las más especiales. Porque será el primer enfrentamiento en 25 años ante la anfitriona de esta Copa Confederaciones, que no es otra que Brasil. La Brasil de Neymar, el futbolista de moda. La Brasil de las 5 estrellas en la camiseta. La pentacampeona del mundo.
Consciente de que no conviene tocar lo que funciona y recordando la exhibición de la primera parte ante Uruguay, Vicente del Bosque presentó un once muy parecido al del primer partido, exceptuando las bajas obligadas por lesión de Fábregas y Soldado. Así, formó con Casillas bajo los palos; Arbeloa, Ramos, Piqué y Jordi Alba en la defensa; Busquets por delante como pivote; Xavi e Iniesta en labores creativas, con Silva y Pedro por bandas, y Fernando Torres de referencia ofensiva. El Niño, máximo realizador del torneo con cinco dianas, tenía ante sí a un rival de renombre para demostrar su olfato de gol.
Resignado, o favorecido, quién sabe (los designios de la relación entre el seleccionador y el delantero insignia de Italia son inescrutables), Cesare Prandelli presentó una novedosa formación teniendo en cuenta la baja de Balotelli en ataque. Alineó a Buffon en la portería; a tres centrales bianconeros, Barzagli, Bonucci y Chiellini; Giaccherini y Maggio de carrileros; De Rossi y Pirlo en la sala de máquinas; con Candreva y Marchisio conectando con Gilardino, referencia ofensiva. Una versión moderna del catenaccio, inspirada en el exhibido en el partido de la fase de grupos de la Eurocopa del verano pasado y que concluyó con empate a un gol.
Fútbol muy táctico
Fue un primer tiempo extraño. España, pese a tener un mayor dominio del balón, no era ni mucho menos la dueña del partido. Toda Italia defendió muy bien, con mucha solidaridad e hicieron un partido muy completo, llegando incluso a estar mucho más cómodos que España, que no sabía encontrar los espacios que sí tuvo en los partidos de la fase de grupos. Era otra historia porque los rivales eran más débiles. Aún así, Torres dispuso de una gran ocasión con un disparo a la media vuelta que se marchó por poco a la izquierda de Buffon. Un día más, Iniesta era el único que intentaba algo diferente, el motor creativo de la selección, distribuía a una y otra banda además de abrirse paso por el centro hasta la frontal del área entre un mar de piernas italianas. Los de Prandelli permanecían muy cómodos y compactos atrás, ejerciendo una intensa presión en su propio campo, algo que incomodaba la creación española y habilitaba las salidas a la contra con mucha velocidad y creando mucho peligro. Casillas fue clave para desbaratar dos oportunidades clarísimas de los italianos, que al término de los primeros 45 minutos se pudieron adelantar tras disponer de más ocasiones que el combinado de Del Bosque.
Las tornas cambiaron en el segundo tiempo. Italia pasó a tener mayor posesión de balón, pero sin producir las ocasiones que, a base de robar y salir a la contra, generaron en el primer tiempo. Hubo un cambio sustancial en España. Silva salió del campo para dejar paso a Jesús Navas, que revolucionó el partido con su dinamismo y velocidad. El habilidoso extremo de Los Palacios (Sevilla) necesitaba una oportunidad como este partido para demostrar toda su profundidad y frescura. Italia, que durante algunas fases del partido dominó el partido y tuvo a España encerrada en su campo, no aprovechó por completo esa situación. No generó excesivo peligro sobre la portería de Casillas. Explotó mejor esta novedosa situación la selección española, que al contragolpe y fiada a los desequilibrios de Torres, Navas y Pedro (hasta que fue sustituido por Mata), generaron ocasiones de sobra para adelantarse en el marcador. No tuvieron la fortuna necesaria para materializarlas. Esta vez iba a darnos la espalda la definición que siempre nos ha acompañado en las grandes citas. La mejor oportunidad española llegó en el descuento cuando Xavi botó muy bien una falta lateral desde la izquierda, el balón lo despejó la zaga italiana y ahí murió la jugada porque Howard Webb, con el tiempo cumplido, mandó el partido a la prórroga. Otra de las suyas del peculiar árbitro británico al que miramos con recelo en España después de su polémica, por su permisividad, actuación en la final del Mundial de Sudáfrica.
La prórroga mostró un detalle impactante. Tremendo bajón físico de Italia ante una España enormemente superior, aún así son italianos, corren que se las pelan, están curtidos en mil batallas futbolísticas y no se les puede perder de vista ni una milésima de segundo porque, como buenos perros de presa que son, te la lían en un santiamén. El susto fue morrocotudo. Recogiendo un buen centro de Maggio desde la derecha, Giaccherini lanzó un zurdazo envenenado al poste derecho de un Casillas clavado en la línea de gol. Entre la violencia del lanzamiento, el estruendo del impacto del cuero en el palo y el sofoco (no hay que desdeñar la pegajosa humedad y la tórrida temperatura en el estadio de Castelao), el arquero de Móstoles se convirtió en estatua futbolística por unos segundos. Esta clara ocasión fue el toque de corneta que espoleó a La Roja, que tuvo dos buenas ocasiones. Primero Piqué y después Jordi Alba inquietaron a Buffon y la zaga italiana culminando de este modo los primeros quince minutos de la prórroga, de claro color hispano. Ya en los últimos quince minutos del tiempo reglamentario, Mata dibujó un buen disparo de rosca que se marchó fuera. Casi todos los disparos eran lejanos o inalcanzables centros al área, hasta que apareció Xavi. El centrocampista de Terrassa disparó un misil desde la frontal y Buffon lo desvió al palo con un sutil toque con la yema de los guantes en una prodigiosa estirada. No hubo goles en 120 minutos y eso llevó a España e Italia a la tanda de penaltis. Otra vez a los once metros, como en el Ernst Happel de Viena en la Eurocopa de 2008, un punto álgido en la historia de nuestra selección porque marcó el comienzo de los años dorados.
Otro triunfo por penaltis 
Estiramientos, masajes y agua, mucha agua para refrescarse y volver a sentir las piernas, poder sostenerse en pie y afrontar el último compás, ese que decidiría el partido. La foto era dramáticamente atractiva. Suele ocurrir en estos casos. El magnetismo de la suerte de los penaltis ejerce de morboso gancho entre los espectadores, sean o no sean futboleros. Y si tu portería la defiende un símbolo como Casillas, el morbo se convierte en veneración divina. No hay más que retroceder cinco años a los cuartos contra esta misma selección disputados en Viena. Ahí, el Santo de nuestra selección desequilibró la balanza.
Hoy, en Fortaleza, las mismas escuadras, con los mismos porteros (Casillas y Buffon), se volverían a jugar su futuro a cara o cruz en la dramática lotería de los disparos desde el punto fatídico. Se produjeron catorce lanzamientos desde los once metros. Nadie falló los once primeros chuts demostrando una tranquilidad y precisión verdaderamente encomiables porque, a su vez, los penaltis destacaban por su perfecta ejecución. Todos muy bien tirados. Marcaron, por este orden: Candreva, Xavi, Aquilani, Iniesta, De Rossi, Piqué, Giovinco, Ramos, Pirlo, Mata, Montolivo y Busquets. El séptimo lanzamiento en la muerte súbita le tocó a un central italiano, Bonucci; antes, nuestros centrales, Piqué y Ramos, transformaron sus penaltis culminando un partido estratosférico digno de los Tarzanes de Madrid y Barça. Toda la responsabilidad recayó en el bianconero, el zaguero de la Juve no la resistió y mandó su penalti por encima de la portería. A pesar de que Casillas no fue capaz de detener ningún lanzamiento, España volvía a estar en una posición inmejorable para ganar la tanda y acceder a la final. Como en Viena 2008 y ante Portugal hace menos de un año. Si Jesús Navas marcaba su lanzamiento, España accedía a la final. Y Navas no falló. Para culminar una actuación excelsa, un sky-blue de profesión y sevillista de corazón, el Niño de Los Palacios, dejó de ser niño y se convertió en hombre. La promesa se hizo futbolista, habitó entre nosotros y nos llevó a Maracaná. A estas cotas lleva la irresistible tentación de la corriente ganadora. Y todo con un arte y un salero andaluz que quitan el sentío, como no puede ser de otro modo cuando nos acercamos a un sevillano de pura cepa como Jesusito.

Fueron 120 minutos igualados, agónicos, solo aptos para los desfribiladores de última generación. Cualquiera pudo ganar. Y la divina providencia nos ha vuelto a sonreír. España volvió a ganar en la tanda de penaltis a una irreductible Italia. Así sacamos el segundo billete para Maracaná, donde nos espera Brasil. La final soñada, el duelo más deseado del universo, llegará al fin este domingo para decidir el campeón de la Copa Confederaciones, el único trofeo que aún no ha levantado esta prodigiosa generación de futbolistas españoles. No es la final del Mundial, pero es la final más atractiva posible, en uno de los estadios más emblemáticos del mundo y ante la selección más laureada. Ahí es nada. El cartel es prometedor. Apunten: a las doce de la noche del domingo 30 de junio al lunes 1 de julio, toda España se desperezará para apoyar a su selección en el mejor preámbulo posible de la espectacular cita del año que viene. Porque a medianoche, y con nocturnidad y mucha alevosía futbolística, España puede levantar la única copa que todavía se le resiste.
Así contamos en CRONÓMETRO DEPORTIVO la tanda de penaltis
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